Una vez fui dueño
de un rebaño de unicornios.
Todos eran puros y hermosos como el alba;
inocentes como la sonrisa de la luna.
Todos eran libres.
Por dorados campos galopaban
sintiendo al viento acariciar
la nieve de su piel;
o se recostaban entre las espigas
para observar la danza
de las mariposas.
Bebían del arroyo de lo Eterno
y en sus limpias aguas refrescaban
la elegancia de su porte.
Todos eran libres... ¡Tan libres!...
La vida fue la astuta vírgen
que ocultaba tras de sí a los cazadores.
Con atroz crueldad arremetieron
contra mis unicornios asustados,
y en jaulas de plata apresaron
de la belleza a la esencia misma.
Mis unicornios se quedaron tristes.
Y yo los miraba desde afuera,
pero mis lágrimas no podían ayudarlos.
Comenzó a languidecer su fuego
y a apagarse el brillo de sus ojos.
Uno tras otro, sucumbieron en su encierro;
y por ellos me quedé sin llanto.
Amor murió, murió Deseo.
Murió Alegría; e Ilusión.
Murieron Fuerza y Fantasía,
y también Paz, y Poesía,
y Confianza...
Algo más resistió Esperanza
pero, al cabo, tampoco pudo
soportar su cárcel, y el sueño
lo venció al fin y se durmió.
Mi último unicornio se llevó mi vida,
mis recuerdos, y me dejó vacío.
¿Sabes? Un día yo fui dueño
de un rebaño de unicornios...
- BOGAR -