Caminé hasta extraviar mis pasos
en la quietud del tiempo del otoño.
Caminé, caminé tanto
que mi propia sombra se detuvo,
quedó atrás, y la perdí de vista.
Caminé para no pensar, para no pensarte,
para no encarar la realidad de tu abandono;
para no gritar y dejarte ver que me importaba.
Para comprobar con movimiento que aún vivía.
Luego me detuve en el declive de la tarde
tratando de enfocar la mirada ausente.
Pero a través de la húmeda bruma de mis ojos
tan sólo distinguí borroso, como en un cuadro,
el color de las hojas marchitas.
Quise huir, no volver nunca.
No tener que enfrentarme a noches de recuerdos;
aquellas noches en que, por momentos,
temí olvidar llenar de aire mis pulmones.
Pero volví con aquella hoja encarnada entre mis dedos.
Y de pronto un día, al despertarme,
miré fuera, miré dentro...
y descubrí que ya no estabas.
- BOGAR -