Según Diodoro de Sicilia, historiador del siglo I a.C., los bardos desempeñaban un papel importante en la sociedad
celta: se les contrataba para que escribieran alabanzas de su patrón,
pero también para denostar a los enemigos de éste. Se les pagaba por
relatar los mitos legendarios de la aristocracia celta en los festejos, bailes y
cortejos que solían seguir a un día de caza o guerra.
Igual que los primeros
poetas, los bardos estaban considerados como una especie de
sacerdotes, encargados de transmitir los misterios de la religión de una
generación a otra. Quizá esto explique los numerosos aspectos confusos de su
mitología.
Diodoro escribe que "los bardos conversan con pocas palabras y
utilizan acertijos, empleando imágenes oscuras para referirse a las cosas, y
poniendo una palabra allí donde quieren decir otra diferente, y tienden a
utilizar los superlativos para jactarse de sus propios logros y menospreciar
los de otros".
Las pruebas de los mitos que han sobrevivido hasta nosotros
confirman esta naturaleza exclusiva de los bardos; los poetas suelen cantar
canciones de alabanza que sólo otros poetas pueden entender. Al contrario que
sus homólogos del mundo clásico, los bardos celtas no conservaban por escrito
sus mitos y poemas, sino que los transmitían oralmente de maestro a alumno.
Durante la Edad Media los bardos eran muy bien pagados y respetados
socialmente: a menudo trabajaban en las casas de la nobleza celta que había
sobrevivido a las invasiones.
También existieron juglares ambulantes, que recibían pequeños emolumentos por sus canciones que sin duda contribuyeron a
mantener viva la tradición oral, llevando
sus poemas y mitos por toda Gran Bretaña y parte de Europa. Fue en este
periodo cuando aparecieron las primeras versiones escritas de esta mitología
celta, pero, como la mayoría de escribanos eran monjes, las historias se
cargaron de elementos cristianos.
Finalmente, había contadores de historias que
desde tiempos remotos relataban sus leyendas a cualquiera que se prestara a escucharlas,
bien frente al calor del hogar o en la esquina de alguna taberna. Todavía hoy
existen en remotas regiones celtas y sus prodigios memorísticos son proverbiales. Un pescador de Barra, Escocia,
dice que escuchó de niño a uno de estos cuentacuentos todas las noches durante
quince años, y que en todo ese tiempo nunca oyó dos veces la misma historia...
Además de entretener, los bardos eran profesores, pues el comportamiento
de los personajes legendarios proporcionaban a los oyentes modelos e ideales,
de forma que se aseguraba la continuidad de una sociedad guerrera.
Estas
historias se empleaban en la educación de los jóvenes nobles, facilitándoles
modelos de conducta a imitar.
Los bardos
celtas eran expertos en la descripción de mundos imaginarios, animales fantásticos
y personajes sobrehumanos.
Las principales características de su arte son los brillantes
colores y meticulosos detalles utilizados al hablar del paisaje, el aspecto de los
personajes y sus vestidos. Este llamativo colorido tiene su réplica en las
artes visuales celtas. Las descripciones femeninas tienden al voyeurismo y la
fantasía, reflejo del sexo del bardo; por la misma razón, estos contadores de
leyendas exhibían los aspectos marciales de sus héroes masculinos.
Aunque con la llegada del televisor hasta las áreas más remotas del mundo
celta, la tradición oral está languideciendo, muchos cuentos y poemas
celtas sobreviven hoy gracias a los narradores de historias y cantantes que todavía
existen. La tradición de los bardos se mantiene viva en los encuentros anuales
de Welsh Eisteddfod, y también se realizan intentos en ámbitos menos
formales. El cantante y arpista Robin Williamson, por ejemplo, reelabora las
historias de héroes celtas de la tradición poética y las acompaña con su
arpa celta. El artista bretón Alan Stivell recrea de forma parecida los mitos celtas de Bretaña. Martin Carthy, cantante y
guitarrista, es el pionero de la canción folclórica inglesa, y ha grabado una
colección de canciones tradicionales de Gran Bretaña y Bretaña.
Aunque algunas
de estas canciones y poemas no pasan de ser meras historias, agradables en su
sencillez, hay otras que conservan en su alma los grandes mitos y leyendas de
la antigua clase celta dominante. Por tanto, la tradición de los bardos sigue
hoy viva para aquellos que desean escucharla.